poesía

Luces

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Las luces parpadeantes

están en todos lados.

Blancas, amarillas

pero parpadentes.

Me recuerdan a la vida,

brillante,

mas inestable.

 

La Maga**

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bitacora

Los 12 relatos para que me creas, ha llegado a su fin

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¡Saludos magos lectores!

Hoy escribo esta entrada para agradecerles por acompañarme en este viaje de Los 12 relatos para que me creas. Ha sido una vorágine de historias, personajes y sentimientos. Cada relato que se me entregó o que escribí a partir de la experiencia personal, tuvo gran impacto en mi vida. Como les había mencionado en una bitácora anterior, la experiencia de escribir cada relato tuvo sus peripecias, algunos relatos fueron más difíciles de digerir que otros. Muchas veces no quise sentarme al ordenador para escribir, mi mente me decía “No quiero, no puedo”, hubo demasido dolor en algunas de las historias que me fueron confiadas, y por eso me ausentaba por varios días, o semanas. Fallé en entregar un relato cada semana, pero muchas veces mi mente divagaba en si debía contar eso o no, a veces el relato ni siquiera era una experiencia mía pero no sabía, no encontraba palabras que pudieran relatar una vivencia ajena y tan dolorosa. Mi sensibilidad tuvo que llegar a su punto máximo para poder identificarme en las historias. Hubo, incluso, una ocasión en que publiqué el relato tal y como me fue entregado, tal es el caso del relato número diez, el cual no fue escrito por mí, sino por la persona que me lo confió.

El relato más ensordecer, a mi parecer, es el relato final, el cual por eso decidí dejar para el cierre. Mi idea fue comenzar con un relato “inofensivo”, para luego en un aumento de intensidad acabar con el relato más cruel y doloroso. Lloré mucho al escribir ese relato, dudé mil veces si contarlo o no, pero creí que lo haría por ella, por la “Julia” verdadera, la cual sé que donde sea que esté descansa por fin al ver su historia finalmente contada.

Nada más que agradecerles por los comentarios, los likes que en un total fueron 398 por toda la serie, y por confiarme sus vivencias para dejarme publicarlas en esta colección, la cual es solamente un intento más de hacer conciencia en las personas sobre el abuso, tanto a mujeres como a hombres. Hay que hablar, hay que dejar el miedo, hay que usar la voz, que es el arma más poderosa que poseemos. Pero sobre todo HAY QUE CREER.

YO SÍ TE CREO.

Gracias infinitas, y cerramos ciclo.

Sara Rico-Godoy,

La Maga**

Narrativa

De 12 relatos para que me creas #12: Adiós amiga

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Ilustración de Henn Kim.

Aquí estamos, todos juntos, otra vez. Quizás la última vez habría sido en tu cumpleaños, amiga. Y recuerdo tu sonrisa al ocaso de aquella tarde donde describimos no uno, ni dos, ni tres, sino miles de recuerdos que inundaron nuestras mentes, esas plagadas de nubes negras ahora que te despedimos, que te vemos partir en esa barca para emprender el viaje del que nadie vuelve, o bueno, casi nadie según los religiosos o dogmáticos. ¿Quiénes somos nosotros para entender tu decisión de dejar este terrible mundo? Cualquiera…cualquiera lo haría. Pero no todos tenemos el valor de hacerlo. Todos flaqueamos. Pensamos en mamá, en papá, en el hermanito, hasta en el perrito. Pero ¿Qué pasa cuando no se tiene a nadie o a nada? ¿Qué pasa cuando quien se tiene es quien te daña?

Perdón, Julia. Perdón porque no lo vi. Porque callé. Porque no advertí ese hoyo mórbido donde habitaste durante años sin ayuda, sin escape. A tu suerte. Pobrecita. Perdón…

Perdón.

Debí llamarte ese día. Debí decirte lo que pasó. Debí expresarte mi terror para quizás así saber que ese terror lo vivías cada noche vos también al estar en tu habitación a la espera del depredador. Cuánto dolor. No. Nuestro dolor ahora jamás se comparará al dolor que sentiste vos, cada minuto, cada segundo. Ese dolor agudo de la existencia obligada y fingida, de tener que soportar cada día viendo el sol, observando rostros sin sentido y sin razón. El ponerte la ropa sobre el cuerpo sucio y desnudo. Golpeado.

«¿Por qué Juliana tiene tantos moretonas que…? ¿Por qué?» Fue lo que preguntaron al preparar tu cuerpo. No, señora. No fue cuando la bajaron, ni cuando la colocaron en el suelo. Esas fueron las marcas de su lucha diaria, de su lucha silenciosa contra el abuso.

¿Por qué en vez de correr a la puerta y cerrar con llave, no llamé a gritos tu nombre? JULIA. Nunca más vas a gritar vos. Porque te has apagado. Tu voz se ha extinguido al impacto de la cuerda. Pero ¿Qué podía hacer yo? Ahora pienso en vos y todo lo que me callaste. Callamos porque no aguantamos la humillación de hablar. Ahora entiendo porque te gustaban los turnos largos en la clínica, porque cuando alguien no quería esos turnos vos te ofrecías con tal voluntad. Ahora me queda claro porque te encantaban las pijamadas en mi casa, o en la de Isabel. Jamás olvidaré nuestros años de la carrera de medicina. Verte dormir tranquila en aquellos cuartos donde sabías que el abusador no te podía alcanzar, porque el maldito estaría en tu casa, en tu mesa, en tu cocina, junto a tu mamá, llamándose tu papá.

Es tu papá Julia ¿Cómo esperabas que te dijera que aquel día que dormí en tu casa y por el que jamás quise volver, tu papá quiso entrar a la ducha mientras me bañaba, usando excusas de darme más jabón y más toallas? y que su tono Julia, su tono me aterrorrizó, me decía…me decía…«Tranquila, mi amor. Dejáme entrar». ¿Cómo, amiga? No quería perderte. Pero al final todo esto te costó la vida, y al final sí que te perdí, te perdí para siempre.

Adiós, amiga.

La Maga**

Narrativa

De 12 relatos para que me creas #11: Juan y Nohemy

Ilustración de Paula Bonet

Nohemy yacía boca arriba en la camilla de la clínica, petrificada, fría. Los ojos le lloraban, mas ella no podía hacer nada. Solo recordaba el día anterior cuando Juan la había llamado para decirle “Mañana vamos a la clínica, que no se te olvide. Te tenés que deshacer de esa cosa”. Nohemy sentía terror,  miedo. Y recordó cuantas veces sintió terror y miedo en los últimos años. Recordó la vez de la tienda  de zapatos, la vez de la fiesta de Nina, la vez del baño de la casa de su suegra, la vez del carro, la vez de su cuarto, y todas las otras veces.

Miedo, terror. 

Juan era celoso. Juan no podía verla con nadie. Juan no le permitía salir. Juan no le dejaba usar faldas y vestidos cortos.

—Ay Nohemy, Nohemy, ¿Por qué me hacés enojar? vos sabés que odio enojarme con vos. ¿Qué hacías con Rafael vos, qué putas hacías con él, mujer?

Golpe. 

Un día se fue. Un día Juan no volvió a atormentar a Nohemy. Ella lloró durante días, pero también volvió a sonreír, volvió a vivir, volvió a ponerse las botas negras que le llegaban hasta la rodilla.

—Nunca fuimos novios con Nohemy, solo amigos con derecho. Vos sabés, no es material para novia ella. Demasiado puta la mujer esa.

Y pasaron tres años.

Un día Nohemy recibió un mensaje de texto:

TE EXTRAÑO, NECESITO VERTE.

No respondió.

«Si no nos vemos te voy a encontrar donde sea que estés, sé donde vivís. Ay Nohemy, Nohemy».

Y Nohemy fue. Lo vio. Lo detestó y lo odió.

—¡Cómo te has puesto de guapa Nohemy!

Y Nohemy recordó su espalda ensangrentada en la camilla de la clínica, las entrañas vacías en la habitación. Dolor, pérdida, dolor, humillación.

La Maga**

bitacora

Antología “Todos somos inmigrantes” se publica.

¡Saludos magos!

En esta ocasión les escribo para contarles con mucha emoción que finalmente se publicó la antología, donde aparece uno de mis cuentos titulado “Sueño americano”. Hace unos meses les había comentado sobre este logro y hoy finalmente lo veo hecho una realidad.

Todo se dio gracias al concurso realizado por la editorial mexicana Benma, donde mi cuento resultó finalista.

Si quieren leer el cuento, pueden hacerlo aquí.

-Sara.

bitacora

Acerca del último relato…

¡Saludos magos blogueros!

Nada más quisiera hacer una aclaración sobre el último relato que publiqué como parte de Los 12 relatos para que me creas. Como ya saben, los relatos surgen a partir de experiencias propias, pero sobre todo, de experiencias de personas que han reunido el valor necesario y me han contado por lo que han pasado, lo que no es nada fácil. Pero, hubo una persona, que con mucha elocuencia y talento, me entregó su experiencia de forma ya narrada, como pueden leerlo en la entrada “Instrumento de Dios”, un relato crudo y doloroso que definitivamente yo no iba a poder reescribir o narrar mejor. Así que el relato está publicado tal cual me fue entregado. El escritor se denominará como “T”, obviamente por respeto a su identidad no revelaré su nombre real.

Agradezco de todo corazón a “T” y a todas las demás personas que se acercaron a mí o me escribieron para contarme sus experiencias y relatos “para que les crean”, este ha sido sin duda uno de los proyectos más gratificantes que han existido en mi viaje bloguero y de escritora.

¡Nos seguimos leyendo, magos!

-Sara.

Narrativa

De 12 relatos para que me creas #10: Instrumento de Dios (escrito por T)

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When I have put our seas ‘twixt them and me,

Put thou Thy seas betwixt my sins and Thee.

J. Donne

En mi muy cristiana familia estaba prohibido usar ropa reveladora. Camisetas y jeans holgados eran la ropa de siempre y para los domingos de iglesia un vestido pomposo y largo, y claro, las medias no podían faltar. Pero era mi cumpleaños, mi cumpleaños número ocho, así que mi madre decidió consentirme y faltar a la regla. Me compró una falda jean a la rodilla y nada de medias. Me sentía feliz, por fin me vería un poco más como las otras niñas.

Era domingo de iglesia y corrí por mi falda, ese día me cantarían el coro de cumpleaños, como es costumbre al final de cada culto de domingo con los cumpleañeros de la semana. Estaba emocionada y no dejaba de señalar a todos mi ropa nueva.

Terminó el culto y como todos los domingos, la familia pastoral, mi familia, era la última en irse. La gente se acercaba a saludar, a pedir consejos, a pedir consulta a las enfermeras de la familia. Yo, como cualquier niña de ocho años, me aburría rápido de las cosas de grandes, así que me fui a jugar con los otros niños que esperaban a sus familias. Vi a mi primo, aquel con el que crecí, aquel que me acompaña en los retratos de cumpleaños y cenas familiares.

«No jugués con ese niño, no te doy permiso de ir a su casa, no me gusta que pasés con él.» Eran las palabras que mi abuela siempre me repetía, las cuales se esfumaron al verlo correr y reír por los pasillos de la iglesia, yo también me quería divertir.

Debí entender en ese momento que mi abuela, que guarda tantas experiencias, sabe cosas, y siente cosas. Yo debí hacerle caso.

Los demás niños corrían por todos lados, entre las diferentes divisiones de la iglesia. De repente me encontré sola con mi primo, él me tomó en sus brazos, y yo, temerosa de las alturas, le pedí que me bajara. Él me bajó y me acostó en una banca. Se sentó sobre mis rodillas, subió mi falda nueva…

Jamás podré olvidar sus dedos regordetes de uñas sucias presionando mi clítoris por encima de la ropa interior con estampado de perritos y flores.

«¿Te gusta, verdad? ¡Te gusta!». Fueron las palabras que mi primo repitió una y otra vez mientras sonreía dejando ver sus dientes separados y chuecos.

Me retorcía bajo su pesado cuerpo, le pegaba con mis pequeños puños, pero todo era inútil, yo era apenas una niña de ocho años y él un preadolescente, grande para su edad. Mi familia estaba al otro lado de la pared.

Pude haber gritado, ellos me habrían escuchado, me habrían ayudado. Pero callé, así como lo he hecho durante tantos años. Después de eso, cubrí mi sucio cuerpo con vestidos y faldas largas, me sentí culpable.

Aquí, refugiada en la seguridad de una ciudad distante, aquí a trece años de ese episodio, aquí mientras escucho a Tim Buckley para poder escribir, mis manos aún tiemblan al recordar su sonrisa, debo detenerme cada tanto porque no logro presionar las teclas correctas, debo salir de esta oficina y respirar porque siento que me ahogo con el nudo con el cual mi primo marcó el silencio en mi vida. Elías, instrumento de Dios, su nombre retumba en mi cabeza, y sigo negándome a ciertas reuniones familiares porque no importa mi edad, frente a él vuelvo a tener ocho años, y su pesado cuerpo me presiona, y yo, guardo silencio mientras me dejo llevar a lo profundo de este mar de relatos que muchos guardamos.

-T