poesía

40: La soledad

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Ilustración de Henn Kim.

 

¿Cómo le huyo a la soledad?

A veces logro tocar con las yemas de los dedos su aura.

A veces

solo a veces-

la soporto con discresión y consuelo.

 

A veces me pregunta sobre el café tibio de las mañanas,

cálida y nostálgica.

A veces escuchamos cantar a la vecina,

o al bebé que por las noches, llora.

 

Pero,

Ya mi cuerpo no logra sentirse como uno acompañado,

ya las espaldas envejecen

los pies llagados, duelen.

Y los niños marchan hacia el norte

y están solos

-la soledad es estar solo y estar entre un montón de gente- 

 

La soledad es egoísmo,

es comer y hablar con la silla,

es decir al mueble “ya llegué”.

La soledad es “aquí no vengás”,

la soledad es “se lo merecen”

la soledad es me quedo aquí

la soledad es muero,

muero

y que nadie se de cuenta.

 

Sara Rico-Godoy

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A propósito de Fobias y otros menesteres…

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¡Saludos lectores!

El día de hoy nada más quiero bitacorear y contarles más o menos en dónde he estado metida estas últimas semanas.

La razón de mi poca frecuencia en cuanto a publiación muchos de ustedes la saben. Estoy actualmente sumida en mis estudios de doctorado y eso consume la mayor parte de mi tiempo. Sabía que esto sería así y bien pude haber cerrado el blog y decir adiós para la posteridad, sin embargo, no quise hacerlo así y decidí continuar aunque fuese publicando esporádicamente porque siento que me lo debo más a mí que a ustedes.

Como ya habrán notado me he quedado por el relato #4 de la entrega de Fobias. He querido rematar con los dos últimos cuentos pero el trabajo de la academia se me ha cruzado por en medio y he decidio postergar el proyecto. De todas maneras he notado que los relatos carecen de popularidad y han sido los menos apoyados y comentados en toda la historia de mi blog. Quiero preguntarles ¿Desean que finalice la entrega? ¿O prefieren ver otro tipo de escritos más ligeros y cortos? Si no hay comentarios en esta entrada entenderé que el experimento de Fobias ha sido fallido y pasaré página sin dolor, pues al final era nada más eso, un experimento.

Que estén bien y nos vemos en la próxima.

(Los estoy leyendo también)

Sara.

Narrativa

De fobias #4: La noche

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Ilustración de Shawn Cross.

Cuando llega, llega. Despedaza luces, sonrisas y desemboca en coordenadas de lágrimas ácidas que recorren mi cara hasta caer en el pecho que me apreto con ánimo de hacerle respirar. Desde que era niña encontraba en sus espacios un pesar. Y es que como muchos gustan de estar en la oscuridad de los sentimientos, del conocimiento, del espíritu, yo  rechazo sus tentáculos amenazadores. Todo comenzó una noche en que no pude contemplar el sueño, era apenas una niña. El que no sabe de amores, llorona, no sabe lo que es martirio. Yo salí de mi habitación para tomar un poco de agua, me dirigía a la cocina cuando lo escuché sollozando. Volteé para ver qué era y ahí estaba el pequeño, llorando y sentado en el sillón. Me pregunté qué hacía mi hermanito llorando en la sala, por qué no estaría en su cuarto, durmiendo. Tapame con tu rebozo, llorona, porque muero de frío.

—¿Qué te pasa, Arielito? ¿Qué tenés?

Solamente podía distinguir su silueta, la oscuridad es engañosa. Pero lloraba tanto que me acerqué para consolarle. Me senté a su lado y me sentí rara. Pero quería saber qué le pasaba.

—Arielito ¿Querés que le hable a mi mami?

Y él se detuvo por un momento. Noté que puso su cabeza entre las manos y se apoyó sobre sus rodillas. Yo no sabía qué hacer y comencé a acariciar su cabeza shhh, shhh. Todo va a estar bien.

Levantó la cabeza y me volteó a ver por un momento. Logré distinguir que sostenía su mirada sobre mí sin moverse y sin decir nada. También logré observar algo raro en su cara, mientras mi vista se aclaraba, noté que su cara era diferente, que algo parecía diferente a Arielito. Me sentí rara, sentí miedo y me levanté rápidamente para buscar la luz de la sala, tratando de tantear con las manos para no golpearme con ningún mueble. Finalmente la encontré y al encender la luz volteé hacia el sillón y él ya no estaba. Habia desaparecido.

El corazón me comenzó a palpitar rápidamente y corrí hacia el cuarto de Arielito para buscarlo. Al entrar noté que no estaba en su cama, entonces comencé a llamarlo por su nombre «Arielito, Arielito ¿Dónde estás?». Me dirigí hacia el cuarto de mi mamá y ella abrió la puerta antes de que yo llegara:

¿Qué pasa, qué pasa, hija?

 Es Arielito, Arielito, no está en su cama, se escapó, se escapó y está golpeado y estaba llorando en la sala le dije ya desesperada y ahogada en llanto.

Shhh, shhhh, tranquila hija. Todo estará bien — me dijo mi mamá mientras me abrazaba—  Ese no era Arielito, no lo era. Vos sabés que no.

― Pero él…él lloraba.

― Lo sé, lo sé. Ahora vamos a tratar de dormir ¿sí? ¿Querés dormir conmigo en mi cuarto?

Sí mami…sí. Pero con la luz encendida, necesito la luz encendida dije impaciente y aterrorizada.

Y me fui con ella a dormir a su habitación. Ay de mí, llorona, llorona. Su foto continúa en la mesita de noche de mi mamá, la de Arielito, cuando tenía cuatro años, un año antes de que muriera. Y yo desde ese día no puedo dormir sin al menos una luz cerca de mi cama, porque si se apaga, si hay un tan solo encuentro con la oscuridad entonces lo escucho, lo escucho sollozar, y lo veo, sentado en el sillón, o en la esquina de mi cama, y siempre, siempre está viéndome.

Sara Rico-Godoy**