Narrativa

De fobias #4: La noche

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Ilustración de Shawn Cross.

Cuando llega, llega. Despedaza luces, sonrisas y desemboca en coordenadas de lágrimas ácidas que recorren mi cara hasta caer en el pecho que me apreto con ánimo de hacerle respirar. Desde que era niña encontraba en sus espacios un pesar. Y es que como muchos gustan de estar en la oscuridad de los sentimientos, del conocimiento, del espíritu, yo  rechazo sus tentáculos amenazadores. Todo comenzó una noche en que no pude contemplar el sueño, era apenas una niña. El que no sabe de amores, llorona, no sabe lo que es martirio. Yo salí de mi habitación para tomar un poco de agua, me dirigía a la cocina cuando lo escuché sollozando. Volteé para ver qué era y ahí estaba el pequeño, llorando y sentado en el sillón. Me pregunté qué hacía mi hermanito llorando en la sala, por qué no estaría en su cuarto, durmiendo. Tapame con tu rebozo, llorona, porque muero de frío.

—¿Qué te pasa, Arielito? ¿Qué tenés?

Solamente podía distinguir su silueta, la oscuridad es engañosa. Pero lloraba tanto que me acerqué para consolarle. Me senté a su lado y me sentí rara. Pero quería saber qué le pasaba.

—Arielito ¿Querés que le hable a mi mami?

Y él se detuvo por un momento. Noté que puso su cabeza entre las manos y se apoyó sobre sus rodillas. Yo no sabía qué hacer y comencé a acariciar su cabeza shhh, shhh. Todo va a estar bien.

Levantó la cabeza y me volteó a ver por un momento. Logré distinguir que sostenía su mirada sobre mí sin moverse y sin decir nada. También logré observar algo raro en su cara, mientras mi vista se aclaraba, noté que su cara era diferente, que algo parecía diferente a Arielito. Me sentí rara, sentí miedo y me levanté rápidamente para buscar la luz de la sala, tratando de tantear con las manos para no golpearme con ningún mueble. Finalmente la encontré y al encender la luz volteé hacia el sillón y él ya no estaba. Habia desaparecido.

El corazón me comenzó a palpitar rápidamente y corrí hacia el cuarto de Arielito para buscarlo. Al entrar noté que no estaba en su cama, entonces comencé a llamarlo por su nombre «Arielito, Arielito ¿Dónde estás?». Me dirigí hacia el cuarto de mi mamá y ella abrió la puerta antes de que yo llegara:

¿Qué pasa, qué pasa, hija?

 Es Arielito, Arielito, no está en su cama, se escapó, se escapó y está golpeado y estaba llorando en la sala le dije ya desesperada y ahogada en llanto.

Shhh, shhhh, tranquila hija. Todo estará bien — me dijo mi mamá mientras me abrazaba—  Ese no era Arielito, no lo era. Vos sabés que no.

― Pero él…él lloraba.

― Lo sé, lo sé. Ahora vamos a tratar de dormir ¿sí? ¿Querés dormir conmigo en mi cuarto?

Sí mami…sí. Pero con la luz encendida, necesito la luz encendida dije impaciente y aterrorizada.

Y me fui con ella a dormir a su habitación. Ay de mí, llorona, llorona. Su foto continúa en la mesita de noche de mi mamá, la de Arielito, cuando tenía cuatro años, un año antes de que muriera. Y yo desde ese día no puedo dormir sin al menos una luz cerca de mi cama, porque si se apaga, si hay un tan solo encuentro con la oscuridad entonces lo escucho, lo escucho sollozar, y lo veo, sentado en el sillón, o en la esquina de mi cama, y siempre, siempre está viéndome.

Sara Rico-Godoy**

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Narrativa

De fobias #3: El parking

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Ilustración de Kate Louis Powell.

Veníamos de hacer el shopping mensual «Que ya viene tu cumpleaños», dijo mi mamá. Pensé que iríamos a casa, sí, a mi lugar seguro y tranquilo donde solo estamos ella y yo, todo el tiempo. Cargaba las bolsas, estaba feliz con mi ropa nueva, de Dalilah’s, que es la única tienda donde me siento cómoda, es que es de mediano tamaño ¿Sabés? no hay mucha gente, tiene salida fácil hacia la calle. Quién sabrá el súbito deseo de mi mamá por buscar un ATM y sacar dinero en ese preciso.

—Podemos ir al del banco en la esquina cerca de la casa, má. ¿Por qué ir hasta el mall? —le dije a mi mamá.

—Ahorita estamos más cerca del mall , necesito ese dinero ya.

—¿Pero qué diferencia hay entre tener el dinero ahorita y hasta que lleguemos a la casa? Sabés lo que me pasa cuando voy al mall. —Yo a ese punto ya molesta, le reclamé y le recordé lo que me pasa.

—Ok, ok. Voy a ir yo, te dejo en el parking, si querés.

El parking. ¿Quedarme sola en el parking?

—Será solo un rato, hija. Tranquila.

De pronto entramos, oscuro, lúgubre. Pensé que nos estacionaríamos cerca de la salida, pero estaba lleno de carros. Mi mamá siguió y siguió. Subía de nivel a nivel. Comencé a sentirme rara, comencé a preocuparme. Por fin encontramos un lugar y ahí nos quedamos.

—Ya vuelvo ¿ok?

No, no estaba ok.

—Ok, pero no te tardés —fue lo último que le dije antes que se fuera.

Y mi mamá cerró la puerta haciendo un sonido estruendoso que me recordó que me quedaría sola ahí. Comenzaba a sudar, y pensé que debí haber ido tras ella. Pero no. No podía. La gente, los gritos, el espacio, mi aire. Viendo las imágenes de todo eso pasar por mi mente me vuelve loca.

Respirá, respirá.

El carro había quedado abierto, así que podía salir. Decidí hacerlo, salí y me sentí mejor. Me apoyé en la puerta del carro y crucé los brazos. Ahí esperaría. Pensaba que vería carros pasar, gente caminando, pero no fue así.

¿Dónde estoy? ¿En qué piso quedamos?

Muchas preguntas comenzaron a invadirme y decidí caminar más. Vi a mi alrededor, había pocos carros y ni una tan sola persona.

¿Donde están todos? 

Comencé a caminar más rapido. Pensé en buscar la salida, pero el parking era inmenso. No veía el ascensor, no veía escaleras. Mi respiración se agitaba, sentía nervios en el estómago. No podía pensar bien. Caminaba más y me confundía, volvía hacia atrás y me dirigía hacia el lado contrario. Luego, perdí de vista el carro.

Puta ¿Y el carro? ¿Cómo salgo de aquí ahora? 

Pensé en el carro, debía llegar el carro y sacarlo de ahí  para esperar a mi mamá afuera. Pero ahora se había perdido. No recordaba de qué color era, ni cómo era, nada. Comencé a desesperarme. Corrí y vi una camioneta color terracota a mi lado derecho «Se parece a la de mi papá», pensé. Y me acerqué. Pero luego comencé a recordar, y me detuve. Di tres pasos hacia atrás, asustada y quedé petrificada viendo la camioneta. No me quería mover. Los recordaba a ellos dos, adentro del carro, desnudos, sudando. Sentí miedo, no podía respirar bien y decidí alejarme de la camioneta. Comencé a caminar de nuevo, más rápido.

El carro, ¿Dónde está el carro? por favor.

Y comencé a llorar mientras corría. Lloraba más cada vez. El sitio se hacía más grande frente a mis ojos. Era tan grande que me desesperé, me desesperé yo no, no sabía qué hacer. Tenía que salir de ahí. Sentía que la respiración se me cerraba, el corazón me palpitaba rápidamente. Casi se me salía.

Me voy a morir, nadie me va a poder ayudar, me voy a morir.

Corrí frenéticamente, llorando y gritando, hasta que finalmente, me detuvo el embiste de la camioneta terracota. No la escuché, no la sentí. Todo pasó muy rápido. Me suspendí en el aire en cuestión de segundos y después caí en el piso de concreto del parking. Recuerdo voces, gente comenzó a rodearme. Me preguntaban si estaba bien.

¿Y dónde estaba toda esa gente antes?

Y no recuerdo nada más después de eso. Y por eso estoy aquí, miráme. Pierna rota y cuello lastimado. Mi mamá luego vino por mí, asustadísima. No entiende qué andaba haciendo yo en el nivel tres si ella había estacionado en el cinco del parking. Me dice que la camioneta que me atropelló era negra, que estaba segura porque vio los videos en la cámara de seguridad. Pero no, no. Yo sé lo que vi. «Era terracota», le dije, «Terracota como la de mi papá».

Sara Rico-Godoy.

 

 

Narrativa

De Fobias #2: La visita

No logro saber si lo que me pasó es real o no. Pensé que estaba soñando cuando se me apareció en la habitación del hotel, número 94. No era como la que vi cuando tenía once años, aquella alimaña pequeña sedienta de sucio y escombro, cafecita, de cuerpo ovalado y ojos grandes. Esa vez mi mamá acudió a mis gritos desesperados y bastó un zapatazo para acabar con la vida de aquel ser vivo espeluznante y desagradable. «Tenía alas» fueron las palabras de mi madre antes de disponer del cadaver del espécimen.

De ahí en adelante mi terror hacia ellas incrementó. La idea de que pudieran volar me producía pavor e incertidumbre. ¿Y si un día volaban directo a los agujeros de mis oídos, se introducían y devoraban mi cerebro lentamente? Tenía que dormir completamente arropado todas las noches, metiendo la cabeza bajo la sábanas.

Pues el día que ella se apareció en la habitación 94 yo me petrifiqué. No lograba moverme de la cama. ¿Acaso mis brazos ya no eran brazos sino patas? El peso de mi cuerpo se sentía diferente. Gregorio Samsa. Pero no, no me había metamorfoseado en bicho perverso, mi cuerpo seguía siendo mi cuerpo y mis ojos, mis ojos. Y estaba seguro de lo que veía. Era gigante, negra con detalles cafés, alada, las patas velludas y lánguidas. Su tamaño total abarcaba el espacio entre el suelo y el techo de la habitación. Comenzó a alzar las alas y voló a un lado de mi cama. Luego me susurró al oído: «Por fin hemos venido por ti».

Cuando desperté, la cucaracha aún seguía ahí. No, es que no dormía, estaba despierto. Y entonces me contó de sus planes, del universo, de Kafka y sus estereotipos, del fuego, de los insecticidas más eficaces, de la vida efímera de los insectos.

Finalmente, introdujo una de sus patas enormes en mi oído. Sentí un zumbido insoportable y me desmayé. Hoy desperté en la misma cama de la habitación 94, y ella ya no estaba. Pero me ordenó que les diera este mensaje:

«Nosotras viviremos más que ustedes».

Sara Rico-Godoy.

Narrativa

De fobias #1: La reina

Ilustración de Shawn Cross.

Contemplaba la playa, desde mi sueño. Dormía plácidamente la noche en que la vi la primera vez. Me saltó a la cara esa noche, logré sentir cada una de sus patas alrededor de mi cara, cada una de sus extremidades locomotoras apresaban mi piel estirándola. No podía gritar ni moverme. Era ella, la reina. Me habló y me dijo que donde estuviese su corona ahí reinarían ella y las demás. Lograba ver su cefalotórax de color café, peludo. Se movía en cámara lenta, caminaba por mi cara, bailaba. Que buscara la corona, demandaba. Pero no podía moverme, ¿cómo iría a buscar su corona?. No podía articular palabra ¿cómo le diría a esta Elizabeth que no podía moverme para buscar su corona? Debí haber ido a la playa esa semana, Mireya me lo dijo, varias veces. Que la corona debía ser devuelta, que con esas cosas no se juega, que la reina espera atentamente por quién robe la corona.

Y volví a la playa. Ya nunca más salí de ahí.

La Maga**

Narrativa

De 12 relatos para que me creas #12: Adiós amiga

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Ilustración de Henn Kim.

Aquí estamos, todos juntos, otra vez. Quizás la última vez habría sido en tu cumpleaños, amiga. Y recuerdo tu sonrisa al ocaso de aquella tarde donde describimos no uno, ni dos, ni tres, sino miles de recuerdos que inundaron nuestras mentes, esas plagadas de nubes negras ahora que te despedimos, que te vemos partir en esa barca para emprender el viaje del que nadie vuelve, o bueno, casi nadie según los religiosos o dogmáticos. ¿Quiénes somos nosotros para entender tu decisión de dejar este terrible mundo? Cualquiera…cualquiera lo haría. Pero no todos tenemos el valor de hacerlo. Todos flaqueamos. Pensamos en mamá, en papá, en el hermanito, hasta en el perrito. Pero ¿Qué pasa cuando no se tiene a nadie o a nada? ¿Qué pasa cuando quien se tiene es quien te daña?

Perdón, Julia. Perdón porque no lo vi. Porque callé. Porque no advertí ese hoyo mórbido donde habitaste durante años sin ayuda, sin escape. A tu suerte. Pobrecita. Perdón…

Perdón.

Debí llamarte ese día. Debí decirte lo que pasó. Debí expresarte mi terror para quizás así saber que ese terror lo vivías cada noche vos también al estar en tu habitación a la espera del depredador. Cuánto dolor. No. Nuestro dolor ahora jamás se comparará al dolor que sentiste vos, cada minuto, cada segundo. Ese dolor agudo de la existencia obligada y fingida, de tener que soportar cada día viendo el sol, observando rostros sin sentido y sin razón. El ponerte la ropa sobre el cuerpo sucio y desnudo. Golpeado.

«¿Por qué Juliana tiene tantos moretonas que…? ¿Por qué?» Fue lo que preguntaron al preparar tu cuerpo. No, señora. No fue cuando la bajaron, ni cuando la colocaron en el suelo. Esas fueron las marcas de su lucha diaria, de su lucha silenciosa contra el abuso.

¿Por qué en vez de correr a la puerta y cerrar con llave, no llamé a gritos tu nombre? JULIA. Nunca más vas a gritar vos. Porque te has apagado. Tu voz se ha extinguido al impacto de la cuerda. Pero ¿Qué podía hacer yo? Ahora pienso en vos y todo lo que me callaste. Callamos porque no aguantamos la humillación de hablar. Ahora entiendo porque te gustaban los turnos largos en la clínica, porque cuando alguien no quería esos turnos vos te ofrecías con tal voluntad. Ahora me queda claro porque te encantaban las pijamadas en mi casa, o en la de Isabel. Jamás olvidaré nuestros años de la carrera de medicina. Verte dormir tranquila en aquellos cuartos donde sabías que el abusador no te podía alcanzar, porque el maldito estaría en tu casa, en tu mesa, en tu cocina, junto a tu mamá, llamándose tu papá.

Es tu papá Julia ¿Cómo esperabas que te dijera que aquel día que dormí en tu casa y por el que jamás quise volver, tu papá quiso entrar a la ducha mientras me bañaba, usando excusas de darme más jabón y más toallas? y que su tono Julia, su tono me aterrorrizó, me decía…me decía…«Tranquila, mi amor. Dejáme entrar». ¿Cómo, amiga? No quería perderte. Pero al final todo esto te costó la vida, y al final sí que te perdí, te perdí para siempre.

Adiós, amiga.

La Maga**

Narrativa

De 12 relatos para que me creas #11: Juan y Nohemy

Ilustración de Paula Bonet

Nohemy yacía boca arriba en la camilla de la clínica, petrificada, fría. Los ojos le lloraban, mas ella no podía hacer nada. Solo recordaba el día anterior cuando Juan la había llamado para decirle “Mañana vamos a la clínica, que no se te olvide. Te tenés que deshacer de esa cosa”. Nohemy sentía terror,  miedo. Y recordó cuantas veces sintió terror y miedo en los últimos años. Recordó la vez de la tienda  de zapatos, la vez de la fiesta de Nina, la vez del baño de la casa de su suegra, la vez del carro, la vez de su cuarto, y todas las otras veces.

Miedo, terror. 

Juan era celoso. Juan no podía verla con nadie. Juan no le permitía salir. Juan no le dejaba usar faldas y vestidos cortos.

—Ay Nohemy, Nohemy, ¿Por qué me hacés enojar? vos sabés que odio enojarme con vos. ¿Qué hacías con Rafael vos, qué putas hacías con él, mujer?

Golpe. 

Un día se fue. Un día Juan no volvió a atormentar a Nohemy. Ella lloró durante días, pero también volvió a sonreír, volvió a vivir, volvió a ponerse las botas negras que le llegaban hasta la rodilla.

—Nunca fuimos novios con Nohemy, solo amigos con derecho. Vos sabés, no es material para novia ella. Demasiado puta la mujer esa.

Y pasaron tres años.

Un día Nohemy recibió un mensaje de texto:

TE EXTRAÑO, NECESITO VERTE.

No respondió.

«Si no nos vemos te voy a encontrar donde sea que estés, sé donde vivís. Ay Nohemy, Nohemy».

Y Nohemy fue. Lo vio. Lo detestó y lo odió.

—¡Cómo te has puesto de guapa Nohemy!

Y Nohemy recordó su espalda ensangrentada en la camilla de la clínica, las entrañas vacías en la habitación. Dolor, pérdida, dolor, humillación.

La Maga**

Narrativa

De 12 relatos para que me creas #10: Instrumento de Dios (escrito por T)

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When I have put our seas ‘twixt them and me,

Put thou Thy seas betwixt my sins and Thee.

J. Donne

En mi muy cristiana familia estaba prohibido usar ropa reveladora. Camisetas y jeans holgados eran la ropa de siempre y para los domingos de iglesia un vestido pomposo y largo, y claro, las medias no podían faltar. Pero era mi cumpleaños, mi cumpleaños número ocho, así que mi madre decidió consentirme y faltar a la regla. Me compró una falda jean a la rodilla y nada de medias. Me sentía feliz, por fin me vería un poco más como las otras niñas.

Era domingo de iglesia y corrí por mi falda, ese día me cantarían el coro de cumpleaños, como es costumbre al final de cada culto de domingo con los cumpleañeros de la semana. Estaba emocionada y no dejaba de señalar a todos mi ropa nueva.

Terminó el culto y como todos los domingos, la familia pastoral, mi familia, era la última en irse. La gente se acercaba a saludar, a pedir consejos, a pedir consulta a las enfermeras de la familia. Yo, como cualquier niña de ocho años, me aburría rápido de las cosas de grandes, así que me fui a jugar con los otros niños que esperaban a sus familias. Vi a mi primo, aquel con el que crecí, aquel que me acompaña en los retratos de cumpleaños y cenas familiares.

«No jugués con ese niño, no te doy permiso de ir a su casa, no me gusta que pasés con él.» Eran las palabras que mi abuela siempre me repetía, las cuales se esfumaron al verlo correr y reír por los pasillos de la iglesia, yo también me quería divertir.

Debí entender en ese momento que mi abuela, que guarda tantas experiencias, sabe cosas, y siente cosas. Yo debí hacerle caso.

Los demás niños corrían por todos lados, entre las diferentes divisiones de la iglesia. De repente me encontré sola con mi primo, él me tomó en sus brazos, y yo, temerosa de las alturas, le pedí que me bajara. Él me bajó y me acostó en una banca. Se sentó sobre mis rodillas, subió mi falda nueva…

Jamás podré olvidar sus dedos regordetes de uñas sucias presionando mi clítoris por encima de la ropa interior con estampado de perritos y flores.

«¿Te gusta, verdad? ¡Te gusta!». Fueron las palabras que mi primo repitió una y otra vez mientras sonreía dejando ver sus dientes separados y chuecos.

Me retorcía bajo su pesado cuerpo, le pegaba con mis pequeños puños, pero todo era inútil, yo era apenas una niña de ocho años y él un preadolescente, grande para su edad. Mi familia estaba al otro lado de la pared.

Pude haber gritado, ellos me habrían escuchado, me habrían ayudado. Pero callé, así como lo he hecho durante tantos años. Después de eso, cubrí mi sucio cuerpo con vestidos y faldas largas, me sentí culpable.

Aquí, refugiada en la seguridad de una ciudad distante, aquí a trece años de ese episodio, aquí mientras escucho a Tim Buckley para poder escribir, mis manos aún tiemblan al recordar su sonrisa, debo detenerme cada tanto porque no logro presionar las teclas correctas, debo salir de esta oficina y respirar porque siento que me ahogo con el nudo con el cual mi primo marcó el silencio en mi vida. Elías, instrumento de Dios, su nombre retumba en mi cabeza, y sigo negándome a ciertas reuniones familiares porque no importa mi edad, frente a él vuelvo a tener ocho años, y su pesado cuerpo me presiona, y yo, guardo silencio mientras me dejo llevar a lo profundo de este mar de relatos que muchos guardamos.

-T

Narrativa

De 12 relatos para que me creas #9: El tío

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Ilustración de Henn Kim

—No quiero ir donde mi tía Lidia, mamá.

—¿Y por qué? ella muy cordialmente te invitó a su casa en la playa, si serás malagradecida.

Prefiero morirme.

—Ya te…ya te he dicho…el porqué. —Marina sudaba y temblaba al enfrentarse a su madre, siempre recta y estricta.

—Ya vas a empezar con lo mismo…que tu tío aquí, que tu tío allá…

—Ese hombre no es mi tío.

—Mirá Marina, no hablés así de tu tío y dejá de hacer tu típico drama. Se nota que te morís por ser el centro de atención.

Pero Marina no deseaba ser el centro de nada, peor el de su tía o de su madre, o de nada. Si mi tía Lidia supiera todo lo que me pasa. Intentó mil veces contarle a su madre sobre su tío, pero ella no le creía, ni siquiera la dejaba terminar de contar su triste historia.

Y al final, aunque luchó, no pudo hacer nada. Pronto se encontró en el cuarto que su tía tenía preparado para ella. En su cabeza rondaban las palabras de su tía Lidia: «¿Para qué le ponés llave, sobrina? no es necesario —y lo dijo riendo mi tía, cómo si apañara lo de su marido— Quien sabe qué cosas querrás hacer ahí encerrada niña ja, ja, ja».

Y ahí estaba Marina, sin encierro, sudorosa y asustada. Temía lo peor, pues podía sentir ese olor a belmont azul siempre que se le acercaba.

—Sshhh, shhh. Te me callás Marinita, no hagás ruido, que se puede despertar tu tía. Vaya, vení, recordemos los viejos tiempos.

Morir quisiera

La Maga**

 

Narrativa

De 12 relatos para que me creas #8: De rodillas.

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Ilustración de Henn Kim

Un año y medio me había costado olvidarte, maldito. Días y noches completas de llanto y deseos de morir, deseos incansables. Pero tenías que buscarme, de nuevo ¿Casualidad? no sé, ¿Qué es la casualidad? Quizás para vos sea reencontrarnos, desnudos mentalmente, en la completa soledad de la segunda mitad de los veintes. Pero para mí, casualidad hubiese sido encontrarnos en la línea del café, o en el taxi, o en el mismo bus, donde hay gente ¿sabés? no en lo vulnerable del aislamiento de este cubículo de oficina, muerto y triste.

Ya eran las seis de la tarde. Yo me quedé pasada la hora de salida porque tenía que hacer un informe para el día siguiente. Todos se habían ido. Paula, mi vecina. Ramón, el conserje. Ellos, con los que más me sentía segura.

— ¿Estás segura que te querés quedar hasta tarde? Yo te puedo esperar, si querés. Luego te llevo a tu casa.

— No, mujer. No me esperés, me voy a tardar.

Estúpida.

Cuando llegaste, me dijiste que tenías un paquete que entregar, que buscabas a “Doña Laura”.

No trabaja ninguna Laura por aquí ¿Cómo te dejaron entrar? ¿Cómo YO te dejé entrar?

Palabras, sonrisas, tu mano en mi brazo, caricias. Y yo que caigo, muerta como lo he estado sin vos todo este tiempo. ¿Por qué tenés este poder sobre mí?

Sin escape. 

No sé cómo lo hiciste, pero lograste succionar mi alma, y lograste que yo te succionara la tuya. De rodillas, sola en el cubículo de la oficina, muda, sin oportunidad de objetar, gritar, llorar. Tu pene en mi boca proclamándose rey. Me eché para atrás, dije NO. Pero vos no lo ibas a permitir, te pusiste agresivo, me tomaste fuertemente de los hombros y me colocaste, de nuevo, de rodillas. Me jalaste del cabello y forzaste tu miembro dentro de mi boca, me golpeaste porque no quería, me llamaste PUTA. Me amenazaste con publicar mis fotos, aquellos videos.

— Le voy a decir a tu nuevo noviecito lo puta que sos.

Martín. Con el que estaba saliendo hacía un mes. ¿Cómo sabía de esto?

Me gritabas, que querías que lo hiciera como querías. Y yo lo hice, lo hice. Por miedo. Por mí, por Martín.

Acabaste y te fuiste sin decir ni una palabra. Yo me levanté, tomé productos de limpieza y el suelo quedó como si ningún huracán hubiese pasado por ahí.

Luego me peiné, me acomodé en la silla, y continué escribiendo mi informe.

¿Llorar? No hay tiempo para llorar. 

 

La Maga**

Narrativa

De 12 relatos para que me creas #7: “Mari”

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Ilustración de Sara Herranz.

Esa vez que hablé con ella me dijo que ya no aguantaba. Le dije: «Espero no estés pensando en suicidarte», ella contestó: «¿Para que me voy a suicidar si ya he estoy muerta en vida?». Qué fuerte.

Mari siempre fue de las que reía todo el tiempo, desde que era niña. Siempre tenía chistes para nosotras. Siempre quería que saliéramos a bailar, de fiesta, le gustaba beber. Empezó desde los once años. También fumaba, constantemente, un paquete diario. Yo nunca entendí por qué todo aquello y pensé que era solamente es rebeldía típica de adolescente. ¿Rebeldía de adolescente? Puta, si ya tenía 26 años y seguía destruyéndose. Se consiguió un novio con el que llevaba saliendo cuatro años, un malparido el tipo. Le pegaba. Vaya que le pegaba.-

— ¿Por qué no lo dejás?

—Es que vos no entendés.

“Miedo a la soledad , fue su argumento, en resumen. ¿Cómo puede preferir ser saco de boxeo a estar sola?, me preguntaba yo. Y una vez se lo reclamé, después de que llegó a mi casa con el labio reventado y el ojo morado. Lloró, lloré, lloramos un montón.  Y yo no me aguanté. Le solté todo lo que sentía. Ella sólo me miraba, lloraba. Le dije de todo, que dejara esa vida, que si acaso era que no se quería a ella misma, que yo la quería demasiado como para verla así.

Y ese día lo supe. Supe todo. Después de quince años de amistad.

— Para vos es fácil preguntarme todo esto cuando has crecido en una familia completa, cuando tenés a tus papás, a tus hermanos. A mí mis papás me abandonaron, desde los tres, vos los sabés. Me quedé con mis abuelos, traducción: SOLA. ¿Mis tíos y primos? Esos llegaban a la casa, me sonreían, me decían “¿Querés jugar chiquita?” y el juego era sacarse el pene enfrente de mí, hacerme que se los tocara; o echarse algún dulce y pedirme que se los chupara. Me tocaban, se masturbaban encima de mí. Yo sabía que aquello estaba mal, lo sabía. Pero cuando fui creciendo y trataba de negarme a esos abusos: golpe aquí, golpe allá. Perdí mi virginidad a los once, mi tío me penetró hasta el alma, supongo que por eso la tengo agujereada. Cuando por fin me salí de donde mis abuelos a los dieciocho, fue para vivir con Julián. Pensé que él era mi escape, mi refugio. Y lo fue, lo sigue siendo. Sólo que viene con un precio, uno que otro moretón. Pero no me importa, no quiero estar sola, no puedo estar sola y si nunca te lo dije es porque, Ana, tengo vergüenza de quien soy, de quien he sido, de que mi cuerpo ya no es más mi cuerpo y de que mi alma desapareció, porque no sé qué es el amor de verdad.

Y ahí sentí que me disparó al corazón. Mi amiga, mi pobre amiga. Sufriendo todo aquello y yo, ignorante. La vi, lloré y la abracé durante horas. Le dije que, después de ese día, jamás pero JAMÁS la iba a dejar sola.

La Maga**